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Las predicciones
de Aparisi *
I
Antonio Aparisi Guijarro (1815-1872) fue uno de nuestros
más grandes caracteres. Sabía insinuarse y escuchar. Su oratoria, como afirma Menéndez y
Pelayo, tenía unas
características singulares: pasión, ternura, gracia,
lirismo y melancolía.
Esteban Bilbao, tras cotejarlo con dos colosos del
pensamiento español en el siglo XIX, Balmes y Donoso Cortés, llega a la conclusión de que si Donoso es el
rayo que arrebata y Balmes, la luz que ilumina, Aparisi
es la poesía de un ideal. Para Elías de Tejada, Aparisi, debe ser reputado como pensador de la
contrarrevolución, fiel a los postulados de la
monarquía tradicional. Tiene, como Balmes, el «seny»
de las gentes catalanas. Para Santiago Galindo, Aparisi
representa en la escuela tradicionalista la experiencia y
desarrollo de un sistema de libertades concretas, frente
a las Constituciones demoliberales, en las que suele ser
un formalismo. Defendía las libertades reales contra las
libertades retóricas. Su idea de la libertad era la
misma que poco después definiría Enrique Gil Robles
como «La facultad de elegir lo conveniente al propósito
respectivo ordenado a los correspondientes fines, y
dentro del círculo de las facultades de cada persona,
según su estado jurídico y conforme a la eterna divina ley».
Para León Galindo Vera -el amigo entrañable y su primer biógrafo- Aparisi representó la unión de los
católicos españoles para la restauración de la
monarquía tradicional.
II
Antonio Aparisi Guijarro, nace en Valencia el 29 de marzo
de 1815. Su padre, Don Francisco de Paula Aparisi Satorre, fue un
Oficial de la Contaduría del Ejército, casado con Doña Francisca
Guijarro de Ripoll, su madre. Tuvo un hermano llamado Carlos que
falleció muy joven (1834) al que amó y recordó durante toda su existencia.
El retrato moral de los primeros años de su vida, nos lo
traza él mismo con las siguientes palabras:
«Era casi un niño cuando resonó un grito alegre
anunciando que despuntaba en el horizonte español la
aurora de la libertad. Palpitaron los corazones, y el mío, lo confieso, gozó
también: yo imaginé que era la
aurora de un día feliz para España. Profetas de alegres
nuevas mostraron un camino sembrado de flores y
embellecido con aguas corrientes; al fin de ese camino
nos hacían columbrar una tierra paradisíaca. Mis
maestros más respetables, mis parientes más caros, mis
amigos más íntimos se lanzaron en ese camino de
bendición tras la esperanza de la felicidad. Pero yo, lo confieso, no llegué a poner en él mi pie, porque merced
a no sé que instinto misterioso, parecíome que íbamos,
no a reformar (de lo cual había no poca necesidad), sino
a destruir; que no animaba nuestra obra el espíritu español, religioso,
monárquico, libre, el que asistía
a los Concilios de Toledo, hablaba en las Cortes de Castilla, respiraba en los fueros de Aragón y de
Valencia, sino el espíritu francés escéptico y burlón, materialista y
revolucionario, que jamás supo
dar libertad a su patria: verdugo cuando Robespierre,
esclavo cuando Napoleón, eunuco y corruptor en tiempo de
Luis el Prudente» Y añade «nací y crecí entre liberales, sin haber sido liberal ni un solo instante de
mi vida».
Aquí radica una de las claves del pensamiento político
de Aparisi.
«Porque amo a la libertad, aborrezco el liberalismo, ya
que el liberalismo, no es la libertad; quien diga que es
la libertad se engaña grandemente: El liberalismo es a
la libertad, lo que el filosofismo a la filosofía, es
cabalmente la corrupción y la muerte de la libertad. El
liberalismo -añadía- es la filosofía cínica y
mofadora del siglo último; el liberalismo es la razón
humana sacudiendo con soberbia el yugo de la Fe; la
concupiscencia del bien material y el menosprecio del
bien moral; la glorificación de la fuerza triunfante; el
hombre hecho rey y pontífice; el hombre amador de sí
mismo hasta el desprecio de Dios; en una palabra, el
liberalismo es el derecho humano emancipado del derecho divino».
La verdadera vocación de Aparisi, era la literatura. Ya
a los 16 años, sus odas insertas en el «Diario Mercantil», habían hecho que se fijase en él la
atención pública. Cuando llegó la hora de elegir carrera, se hizo
abogado, profesión que consideraba como
una honrosa esclavitud, como un sacrificio que hubo de
hacer para sacar adelante a su numerosa familia. En pocos
años su bufete llegó a ser uno de los más importantes
de Valencia. No hubo causa criminal de importancia en que
no se le nombrara defensor, ni pleito civil grave, que no
se le consultase.
Su mayor elogio lo hizo Castelar, de quien son las
siguientes palabras:
«Donde sus facultades encontraban más grato empleo y
adquiría toda su intensidad, era en la tribuna del foro,
ejerciendo el sublime ministerio de la defensa.
Quinientos reos de muerte ha disputado al patíbulo,
cuatro o cinco solamente ha podido arrebatarle el verdugo. Desde el punto en que la vida del reo dependía
del poder de su palabra, no sosegaba Aparisi... Disponía
prolijamente las pruebas morales y materiales que
pudieran disculpar el crimen, no con la frialdad del
sabio que analiza, sino con el calor del artista que
redime y purifica. Llena de ideas la frente y de afectos
el corazón, emprendía aquellas defensas, modelo de elocuencia, donde con aparente desorden y verdadero arte
pasaba de las pruebas reales a las pruebas legales, de
las morales a las reflexiones filosóficas, de las
reflexiones filosóficas a la contemplación de la
naturaleza humana en los extravíos de su voluntad, en
los desmayos de su conciencia; y cuando todo estaba agotado, insinuábase en el corazón de sus
Jueces,
llamaba a sus sentimientos, ponía lágrimas en la voz,
patético arrebato en su elocuencia, transfigurábase,
hasta tocar en los límites donde le es dado alcanzar a
la palabra humana; envolvía al Tribunal y al público
entre las ráfagas abrasadoras de sus ideas enrojecidas
en la más pura caridad y acababa por arrancar su
víctima al verdugo, su triste presa a la muerte».
Pese a ello, Aparisi saca tiempo de su bufete para servir
a su condición de monárquico. La guerra civil había
terminado con el abrazo de dos generales; pero la
cuestión dinástica sólo podía terminar con el abrazo
de dos reyes. Había, pues, que lograr a toda costa la
reconciliación de la familia real como paso primero para
la reconciliación de los españoles. A este fin, funda
en Valencia una revista titulada «Regeneración» en la que, anticipándose a los proyectos de
Balmes, inicia la
campaña del matrimonio de la Reina con el hijo de Don
Carlos. De no realizarse este proyecto preveía desastres. «¿Sabéis...?»
-decía-, «¿cuál terrible
cosa es un reino dividido y cual lamentable que haya una
bandera que si bien hoy caída, pueda alzarse algún día
y un nombre que invocar y una guerra viva en los corazones...?».
Cuando se frustró la reconciliación de la familia real
en 1846, Aparisi entendió que el problema político
español no tenía solución pacífica, por lo cual
decidió abandonar la política y consagrarse por entero
a los pleitos.
Más no ha de pasar mucho tiempo sin que reaparezca en la
vida pública, acuciado por los sucesos de 1854.
III
Después del triunfo contra la revolución del 48, el
Gobierno Narváez, se había ido debilitando hasta que
cayó en 1850, derribado en el Parlamento por un discurso
de Donoso Cortés. Le sucedió Bravo Murillo, quien con
la generosa impaciencia de hacer cosas pronto y a toda costa, -el mayor enemigo del bien en
política, según
frase de Viluma-, dio al traste con sus bien
intencionadas reformas, al no poder sortear la oposición
de los progresistas y el renovado entusiasmo liberal de
los moderados.
Aquella extraña alianza de monárquicos como Narváez, Pidal, Mon y González Bravo, con los hombres de la
revolución, sólo sirvió para dar a ésta nuevos impulsos, que condujeron a los lamentables
acontecimientos del año 54, o sea, a la revolución del
Campo de los Guardias, en la que O'Donnell, -su promotor-, pronto se vió desbordado por sus aliados
progresistas, a los que por consejo del joven Cánovas
del Castillo, había brindado en el Manifiesto de Manzanares, toda clase de promesas
liberales, con Milicia
Nacional y todo.
Cuando los progresistas llegaban al poder, entendían que
la felicidad del pueblo se lograba con Milicia Nacional y
despojo de la Iglesia. Pero la revolución de 1854
presenta nuevas características. La aparición, en las
Cortes constituyentes de 1855, de demócratas y republicanos, es ya síntoma de que en adelante la
monarquía, despojada cada vez más de sus tradicionales atributos, irá a remolque de la revolución en
inmediatas sacudidas. Las bases ideológicas de los
portavoces del nuevo liberalismo, no serán ya el
sensualismo del siglo XVIII y el eclecticismo francés
del primer tercio del XIX, sino las obtusas
interpretaciones de Krause por Sanz del Río o el hegelianismo, que asomara por parrafadas de
Castelar, y
las falsificaciones históricas de Pi y Margall.
En este momento Aparisi sale de nuevo a la palestra para
pedir desde las columnas de «El Pensamiento de
Valencia» que todos los hombres que amen a su patria,
vengan de donde vinieren, se conozcan y trabajen en común.
«Los que estén unidos por lo esencial, ¿por qué he de
verlos separados y a veces adversos? ¿Por qué? Por
menguadas preocupaciones, por falsas vergüenzas, por
interés mezquino, por piques de amor propio, por cartas
de más o cartas de menos, en una palabra, por naderías...».
Años más tarde, siendo diputado, presentó una
proposición al Congreso pidiendo la «unión española», moción que en gran parte es un trasunto
casi literal del manifiesto que el Conde de Montemolín
dirigió a los españoles, -redactado por Jaime Balmes- y
que se conoce con el nombre de «Manifiesto de Bourges».
La filosofía política de Aparisi gira alrededor de las
ideas de Balmes, basadas en el equilibrio del sistema tradicional.
A su entender, todas las formas de gobierno son perfectas teóricamente, en tanto en cuanto se acomoden a la
constitución expresada. Pero la realidad histórica se
encarga de determinar, en cada caso, cuál es el sistema
político que de mejor manera se identifique con la
tradición y circunstancias del pueblo de que se trate.
Con lo que las formas de gobiernos, indiferentes en teoría, no lo son en la realidad
práctica.
«Ninguna forma de gobierno, -dice Aparisi- ha sido revelada. Jesucristo no nos dijo que viviésemos en
República o Monarquía: nos dijo sólo que guardásemos
sus mandamientos. Nos añadió, sí, que respetásemos la autoridad, porque la autoridad viene de lo alto, puesto
que es elemento necesario para vivir y perfeccionarse la
sociedad conforme a las miras divinas... Todo esto es verdad, pero nosotros sabemos que entre las imperfectas
formas de gobierno, la menos imperfecta que se conoce en
el mundo es la monarquía; que la monarquía y la
nacionalidad española, nacieron juntas».
Pero monarquía de rey que gobierne limitado por factores morales, religiosos e
institucionales, no el sustitutivo
inventado por Thiers y canonizado por la escuela doctrinaria. Una monarquía como las constitucionales de
1845 y 1876 no es tal monarquía, -añade Aparisi-, ni
puede hablarse allí de potestades supremas. El
liberalismo cometió el error de confundir la autoridad
limitada con la autoridad suprema, fabricando la noción
de la soberanía del pueblo. Para frenar ese poder
teóricamente sin límite, quiso dividirlo en el ejercicio, actuando de manera contraria al pensamiento
tradicional en el que, limitándolo en la construcción ideológica, no necesita dividirlo en el campo de las
aplicaciones prácticas. Aparisi levanta la voz de la
doctrina antigua; «Queremos nosotros la soberanía limitada, pero no la soberanía
partida», ya que «rey
que no gobierna, no es rey; puesto que en gobernar
consiste el oficio de rey».
IV
En 30 de junio de 1858, formó al fin gobierno Leopoldo O'Donnell, con el nuevo partido de La Unión Liberal,
fruto de la fusión de los moderados más avanzados -como
Ríos Rosas- y los progresistas templados que dirigía
Manuel de la Cortina. Partido medio, aspiró a conseguir
la paz del país y el equilibrio político mediante el
fomento de los intereses económicos, parodiando, con
diez años de retraso, el «enriqueceos» con que Guizot
había intentado vanamente galvanizar la monarquía
doctrinaria del segundo de los Orleans.
Convocadas elecciones, Aparisi, aunque no pertenecía a
ninguna organización política, pues como dijo
reiteradamente «amaba la libertad» y el que se afilia a
un partido político en poco o en mucho la pierde, salió
elegido diputado por el distrito de Serrano. Este triunfo
electoral no le entusiasmó pues, como diría más tarde, «recibió a la diputación como se recibe a un huésped
noble, pero importuno y molesto».
En aquella legislatura, unos 30 diputados moderados
capitaneados por Pidal, González Bravo, San Luis, Moyano
y Egaña, se situaron en la oposición, como en la
oposición figuraban también 20 diputados progresistas,
entre los que destacaban Olózaga, Madoz, Calvo Asensio,
Sagasta y Ruíz Zorrilla. La voz cantante de la mayoría
la llevaban Río Rosas, Cánovas y Armijo. Un solo adalid
tuvo la democracia, Nicolás Mª Rivero. Y Aparisi se
encuentra solo en el hemiciclo del Congreso con un
trasfondo tan tradicional y comprensivo al mismo tiempo,
que se convirtió en blanco de «tirios y troyanos».
Los de La Unión Liberal le llamaron «soñador» porque
frente a la «unión de liberales» que propugnaba O'Donnell, él abogaba por la Unión
española. Los
moderados le llamaban «intransigente»; los progresistas
«neo»...
Aparisi se reía del apodo porque -según decía- él era «pecador
antiguo», y «católico viejo». Y añadía, «calificadme como
gustéis: neo, absolutista, reaccionario. El neo, el absolutista os llama a su
vez;
dadme una cosa que sea verdad, dadme una cosa que sea libertad, porque yo amo a la libertad y a la verdad como
se ama el aire y la luz».
Había apariencia de libertad en las Cortes, la prensa y
la tribuna; pero centralización sofocante en las
provincias para hacer posible aquellas apariencias;
pueblos oprimidos por el despotismo de los caciques. Cada
gobernador por regla general se creía un procónsul.
Este era el panorama cuando Aparisi llegó a las Cortes.
Sus primeras impresiones nos las relata al siguiente
tenor:
«Aquí venimos a disputar más que a discutir; venimos a
luchar más que a ilustrar; traemos aquí todas las pasiones».
«Dícese que es gran cosa convertir este augusto recinto
en revuelto palenque donde gallardeen los brillantes
campeones de los partidos; que es gran cosa que existan
organizados éstos, dividiendo, conmoviendo al pueblo;
que es gran cosa que esos partidos luchen perpetuamente
entre sí con sus oradores y sus periódicos, aunque en
el ardor del combate lo exageren y lo envenenen todo y
lleguen a veces hasta la injuria, hasta la calumnia,
echándose en el rostro vanidades heridas, ambiciones impacientes, codicias
hambrientas».
«Dícese, que es gran cosa, o por lo menos
indispensable, que lo que afirme la mayoría lo niegue la minoría; y que cuando la mayoría diga
sí, la minoría
responda no. No es extraño que yo, echado en este mundo
nuevo y no nacido con disposiciones felices para salir
discípulo aprovechado de la escuela moderna, siga
hablando y obrando según la antigua, y ora diga que sí,
ora que no, según me lo dicte mi conciencia».
Las conclusiones a que le lleva el parlamentarismo, las
resume en las siguientes palabras:
«Según los defensores de las prácticas parlamentarias,
la nación puede y debe gobernarse por sí misma; la
mayoría del Congreso es omnipotente; el rey reina pero
no gobierna; es como dice el Sr. Rivero, un sol o, como
yo pienso, es a manera del dios de los deístas, que se
recrea allá en las alturas de su cielo, no importándole
un ardite lo que pasa en la tierra.
»Los que quieran hacer de la monarquía una especie de
tránsito para la república, síganla y defiéndala. El
gobierno de la Nación por la Nación, es la república disfrazada; por ese camino llegaréis a la
república;
llegaréis corrompidos, pero llegaréis.
»Ahora bien, los que quieran a la Monarquía y que viva
por siglos y que haya gobiernos estables en España, declárense, desde
hoy, contra las llamadas prácticas parlamentarias».
Pero si Aparisi, rechaza el sistema parlamentario porque
es corrupto y porque es un tránsito para la república,
está muy lejos de oponerse a unas Cortes que sean
asambleas de varones independientes y graves, que vengan
a ser dique contra el despotismo posible, ilustración y consejo, no estorbo del
poder. A este fin, propugnaba un
sistema representativo orgánico con base en la sociedad
española en el que tuvieran cabida la Iglesia católica;
la magistratura que representa la majestad de las leyes;
las ciencias que representan las grandezas del genio; las artes, que representan sus
bellezas; la agricultura, la
industria y el comercio, que representan la actividad...
Esta tesis la expuso en el Parlamento:
«Yo quiero Cortes, pero Cortes que sean representación
de verdad. No quiero que cada año se ponga a discusión
la existencia del país, de los objetos más caros del país. Yo no quiero que vengan
empleados, sino independientes; no quiero que los independientes, sean
tentados por la ambición o por la codicia; no quiero que
éste sitio augusto, sea convertido en un palenque, ni
esa tribuna en una tribuna de sedición. Quiero como dice
la Ley de Partidas, que las leyes se hagan sin ruido y
con el consejo de Homes sabidores. Quiero que en ningún
caso se burle el Derecho de los pueblos, su Derecho de
muchos siglos, su Derecho natural en punto a nuevos
tributos de dinero, de sangre. Quiero que los
representantes de los pueblos liberrimamente expongan las
necesidades de ellos».
Con insistencia Aparisi, exhorta a los diputados a oír
los pasos de la democracia que se acercaba pidiendo el
sufragio universal, cuya doctrina no puede admitir porque
deriva de un principio falso: la igualdad de todos los
hombres para intervenir en la gobernación del Estado, lo
que entrañaría desigualdad pues «Para gobernar o
influir en la gobernación de un Estado nacen muy pocos,
mientras que para ser gobernados nacen casi todos».
Angustiado con el presentimiento de los males que amenazaban, pregunta a la
Cámara:
«¿Os satisface por ventura lo presente? ¿No os
inquieta el porvenir?Aun los que están más pegados al
Ministerio en quien reconozco el mérito de conservar el
orden por ahora, ¿creen por ventura que el país está satisfecho? ¿No oyen por todas partes
quejas?... Decía
un grande amigo mío que estaría tranquilo mientras
tuviera un Napoleón en el bolsillo y otro en Francia;
pero ¿quién asegura la vida y quién garantiza la prudencia, y quién responde de la fortuna de ese hombre
a quien yo llamaré hombre providencial?»
El silencio que merecían sus predicciones, no era óbice
para acallar la voz de su conciencia. Aparisi prosigue
solo, pidiendo paz, economía, independencia, libertad
para las provincias, dignidad para la toga, enseñanza
gratuita para los pobres. En una palabra, libertad dentro
del orden, y justicia social.
«Yo no quiero revolución ni dictadura, -solía decir-... No penséis que obrando como
indico, mataríais
la libertad. ¡Pobre libertad! ¿Vive acaso? Donoso Cortés, declaró solemnemente que había muerto y yo os
digo que es necesario matar la licencia para que reviva
la libertad. Ni he hablado jamás, ni he hecho jamás, ni hablaré, ni haré cosa contraria a la libertad
verdadera. ¿Quién es el que se arroga insolentemente el
derecho de amarla más y mejor que yo? Yo amo a la
monarquía porque es altísima institución, porque en
España han pasado veinte siglos gritando ¡Viva el Rey!
Y la amo porque quiero un rey en vez de treinta tiranos y
después de ellos, un gran déspota. Yo amo a las Cortes,
mas no quiero que seamos reyezuelos aquí y tiranuelos en
las provincias, sino procuradores modestos de los pueblos
y que el Rey reine y gobierne con nuestro concurso leal.
Yo quiero, en una palabra, gobierno aquí y gobierno más
fuerte para que pueda haber más libertad en las provincias; porque quiero libertad en las
provincias, no
quiero que Madrid sea el vientre hidrópico de España».
«Yo quiero que el Gobierno viva modestamente, que alivie
las cargas del pueblo, que no aparte los ojos del pueblo,
que mire por los pequeños y los humildes; yo quiero que
los empleos se den a la honradez y al mérito; yo daría
mi vida porque todos los españoles disfrutaran cuantos
beneficios y cuantos derechos verdaderos Dios concedió a
los hombres por ser hombres. ¿Es esto posible? Sí que
lo es; ¿Qué se necesita para ello? Querer. ¿Os sentís
vosotros con valor bastante para emprender esas grandes cosas? ¿No? Pues retiráos a vuestras casas porque mi
solución es ésta: siete hombres que no teman a la revolución, que amen a la
justicia, que comprendan que
por éste camino no se puede continuar sin caer en el abismo, y comprendiéndolo se arrojen a salvar el
Trono,
la sociedad amenazada y la libertad verdadera».
Los diputados le escuchaban, aunque sonreían a veces con
aires de superioridad. Le escuchaban porque el varón
levantino se hacía oír. Su dicción es sólida, en sus
períodos escasea la hojarasca, y su dialéctica «era recia».
Un día se levantó en las Cortes y con tristeza, dijo: «Esto se va y lo que
vendrá, es la revolución». Y
tras esta afirmación, insistía en la réplica:
«¿Pero es verdad o es mentira que lo presente se está derrumbando, que el porvenir está cubierto de sombras
horribles y que miramos azorados en torno y por ninguna
parte vemos fácil salida y por todas tinieblas, gemidos
y sangre? Vivimos hoy inciertos del mañana; nos
acostamos esta noche y nuestra seguridad depende de unas
parejas de la Guardia Civil, que andan por las calles y
de algunos soldados que aún velan a la puerta de los cuarteles. ¿Quién os asegura que el día menos
pensado,
no se les caigan de las manos los fusiles? Y entonces ¿qué? ¿Qué pasará
entonces? ¿A quién será
entregada esta sociedad? No oís los golpes con que de
cuando en cuando hace retemblar la Internacional las
puertas de la ciudad?»
Cuando se reconoció el reino de Italia, Aparisi,
desfallecido el ánimo, se levantó a hablar por última
vez en las Cortes, poniendo de manifiesto el declinar
constante de las instituciones de orden y defensa social,
a impulso de la vacilante política de los partidos medios, y formuló la teoría del sistema
tradicional,
que sintetizó así:
«Gobernar, no es resistir; gobernar, tampoco es claudicar; gobernar es mantener el orden en la sociedad
por medio de leyes sabias y justas, y son justas y sabias, si defienden y consagran los derechos que Dios ha
dado a los hombres, atienden a las necesidades presentes
de los pueblos y preveen hasta las necesidades futuras
para ir preparando en su día, el oportuno remedio».
Tras ello, presentó la renuncia de su escaño,
anunciando que dejaba la política y, dirigiéndose con
voz dolorida a la reina Isabel, le recordó aquellas
palabras de Shakespeare: «Adios mujer de York, reina de
los tristes destinos». La Reina iba a marcharse, y
Aparisi la despedía.
V
Sólo tres años fueron necesarios para que se realizase
esta predicción. La Unión Liberal, que en junio de 1866
aplastó sangrientamente en Madrid la sublevación de
progresistas y demócratas, se aliaba pocos meses
después con ellos, llevando consigo a muchos Generales
con fuerza y prestigio en el ejército.
En estas condiciones, el reinado de Isabel II sólo pudo
prolongarse hasta el 30 de septiembre del 68, en cuya fecha,
cuando las tropas de Novaliches, se rinden ante el
General Serrano en el Puente de Alcolea-, se ve obligada
a salir de España al grito de ¡abajo los Borbones!
Florentino Pérez Embid nos describía, con recios caracteres, cómo aquella sombra de monarquía emigra
arrastrada por sus propios defensores. Se acude entonces
a toda marcha -como en un cortometraje-, a todos los
regímenes doctrinarios posibles: El Gobierno provisional
de un General de fortuna (el del General Serrano, Duque
de la Torre); la monarquía progresista con una dinastía importada, elegida a dedo
-como si las dinastías
pudieran importarse al igual que unos vagones de trigo o
unas toneladas de patatas-; y por último, la República
que en once meses pasa de unitaria a federal, consume
cuatro Presidentes, desencadena la anarquía y pone en
trance de peligro a la unidad misma de España.
Estos hechos, que llevaban unidos los ataques contra la Iglesia, la disolución de las órdenes
religiosas, la
incautación de objetos sagrados, etc., llevaron al campo
carlista a gran número de católicos. Entre los más destacados, que se pasaron a las banderas del Duque de
Madrid, figuraron González Bravo, y Nocedal, con todo el
sector ultramontano; el marqués de Valdegamas, sobrino
de Donoso Cortés, y Severo Catalina que hasta ese mismo
momento había venido representando a Isabel II cerca de
Su Santidad.
De esta suerte, en pocos meses, -como dice el Conde de Rodezno-, se creó un partido carlista muy potente sobre
los exiguos y agónicos restos que existían. Prueba de
ello es que en las Cortes constituyentes elegidas a
primeros de 1869, los tradicionalistas lograron sacar 24 diputados, que dirigidos por Manterola y por
Monecillo,
Obispo de Jaén y luego Arzobispo de Toledo, hicieron un
brillantísimo papel.
Aparisi fue también de los que dio el paso definitivo
hacia el campo legitimista, mas no sin antes analizar
minuciosamente la cuestión dinástica desde el punto de
vista jurídico, ya que según decía: «se trataba de un
pleito y eran las leyes a quienes tocaba decidir».
Tras el estudio profundo y sosegado del tema, se
pronuncia a favor de los derechos del Duque de Madrid, y
después de la visita que le hace en París, en enero de
1869, decidió su adscripción al carlismo militante.
Carlos VII le había ganado no sólo por sus cualidades personales, sino porque vio en él la personificación de
las ideas políticas de Balmes, en cuanto propugnaba:
«Dar la espalda a lo pasado; olvidar errores; echar la
responsabilidad de cosas muy tristes sobre lo difícil y
calamitoso de los tiempos; hablar al pueblo la lengua de
la verdad, única que entiende y le agrada; y establecer
un Gobierno genuinamente español, levantando sobre las
bases antiguas -como quería Balmes-, un edificio
grandioso en que tuviesen cabida todas las opiniones
razonables y todos los intereses legítimos».
Pero si Don Carlos le entusiasma, Doña Margarita le deslumbra. «¡Qué sencilla en su
trato! ¡Qué buena
para los pobres! ¡Qué hermana de la caridad para los enfermos! Cuando habla esa mujer -dice- se le ve el
corazón y nada hay más hermoso en el mundo. Hay en esa mujer-añade- una cosa
rara, muy rara... y es que tiene
un ingenio peregrino; pero ella no lo sabe». Y termina
su apasionada apología, diciendo: «¡Dichoso el hombre
que la llama su esposa! ¡Dichoso el pueblo que la salude
como su Reina!».
Nombrado miembro del Consejo Real, Aparisi en nombre de
Don Carlos sostiene conversaciones con Beltrán de Lis,
leal consejero de Doña Isabel, a fin de intentar la
unión dinástica sobre la base del matrimonio de Doña
Blanca, la hija mayor de Don Carlos, con el príncipe de Asturias. Aquel
intento, como el de Balmes antes, y
después el de Don Alfonso XIII con Don Jaime y Don
Alfonso Carlos, no sirvieron más que para denotar la
buena predisposición de los elementos responsables para
terminar con tan arduo problema, pero sin llegar a
resultados prácticos.
En estos años, Aparisi, pese a su edad y a sus achaques,
despliega una actividad realmente agotadora. Viaja a
Londres para persuadir al General Cabrera, a que aceptase
la Jefatura del Partido, lo que finalmente hizo en 1869;
publica su opúsculo «Los Orleans», encaminado a
obstaculizar la candidatura de Montpensier para el trono
entonces vacante; el folleto «El Rey de España», y
redacta la «carta de Don Carlos a su hermano Don
Alfonso», que fue el primer manifiesto doctrinal a los españoles, donde condensó el ideario del
partido, y
llevó la dirección de la «Junta de Vevey», en la que
don Carlos, ante la inactividad de Cabrera, decidió
asumir personalmente la dirección de la Causa.
Fueron éstos unos momentos en los que el carlismo
alcanzó gran pujanza: en las Cortes amadeístas obtuvo
una minoría de 79 diputados que, dirigidos hábilmente
por Nocedal, se constituyeron en árbitros de la
situación política.
Aparisi fue Senador por Navarra en aquella legislatura,
pero más que con la palabra, defendió con la pluma la
causa tradicional. Bajo el título de «Restauración»,
publicó un tratado que fue su testamento político, ya
que murió pocos meses después de ser impreso. De esta obra, la tercera parte es sobremanera interesante porque
fija su pensamiento en un proyecto de Constitución, en
la que concreta el sistema tradicional sobre la base de: «Unidad
católica; Monarquía federativa; Rey que reine
y gobierne; Cortes verdaderas a la española;
descentralización y vida propia del municipio y la provincia; y el espíritu católico viviendo en las
instituciones, en las Leyes y en las costumbres». Es
digna de estudio la parte orgánica y procesal, en la que
desenvuelve dichos principios, y la justificación de su
enlace con las antiguas leyes fundamentales de España.
Con su vasta cultura y su gran preparación jurídica,
Aparisi llegó a ser paradigma de la gente española de
su tiempo. Discípulo de Balmes y de Donoso Cortés a
quienes consideró sus maestros y cuyas doctrinas hizo suyas, rechazó las tendencias rupturistas de su época
con estas inmortales palabras que resumen su pensamiento:
«Un pueblo que rompe sus tradiciones; un pueblo que
repudiando la herencia de sus padres dice: hasta aquí
llega el mundo antiguo, desde ahora comienza un mundo nuevo, ese pueblo, señores
diputados, ¿queréis que os
diga lo que es? Pues es... un pueblo salido del hospicio».
BIBLIOGRAFIA
Aparisi Guijarro, Antonio. Obras completas. Cinco tomos.
Imprenta de la «Regeneración». Madrid, 1873-1877.
- Esto se va. Todo esto se va, en la «Regeneración»,
27 de enero de 1872. Obras, tomo III.
- Política de don Carlos, en «la Regeneración», 17 de
febrero de 1872. Obras completas, tomo III.
- Los tres Orleans (1869). Obras completas, tomo IV.
- La cuestión dinástica. Obras completas, tomo IV.
- El rey de España. Obras completas, tomo IV.
- El libro del pueblo. Obras, tomo IV.
- Pensamientos filosófico-políticos. Obras, tomo I.
- Felipe II, en «la Regeneración», 5 de septiembre de
1872. Obras, tomo III.
- Discurso pronunciado con motivo de la Ley electoral, en
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- Discurso apoyando una enmienda al proyecto de
contestación al discurso de la Corona, en febrero de
1865. Obras, tomo II.
- Discurso sobre el proyecto de la ley electoral, en 4 de
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- Discurso sobre la reforma constitucional, en abril de
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Apuntes para una historiografía de Aparisi Guijarro.
Apud «Las claves de la tradición política española».
Ob. cit.
Antonio
Aparisi Guijarro:
Biography in English
Parliamentary
orator, jurisconsult, Catholic controversialist, and Spanish litterateur,
b. in Valencia, 28 Mar.,
1815; d. in Madrid, 5 Nov., 1872. He was extremely
gifted; of extensive knowledge, brilliant imagination, graceful and beautiful power of
expression, and exquisite literary taste. As a man, he was modest, kind-hearted, and most
charitable, a fervent Catholic and an ardent patriot. In 1839 he was admitted to the bar, and defended many criminal cases, winning them in almost every
instance. He published poems and articles in the monthly periodical, "El Licco
Valenciano" (1841- 42), in "La Restauración," a Catholic review of Valencia (1843- 44), and was editor of the
newspaper, "El pensamiento de Valencia" (1857-58). He contributed to "La Esperanza," "La
Estrella," and particularly to "La
Regeneracion" (Nov., 1862, to Nov., 1872), Catholic newspapers of Madrid, being editor of the
last-named at different times, and collaborator in the publication of the review "La Concordia" (1863-64).
He was sent as representative from Valencia to the Cortes (1858-65),
where, as leader of the royalists in the House of Representatives, he delivered many eloquent discourses against the disentailment
laws, in defence of Catholic union, in reprobation of despoiling the Pope of his temporal
power, and on other vital questions touching the Church and Spain. In Paris, in 1869, he attempted to unite the royal families of Isabel II and Charles of
Bourbon, and for dynastic reasons also went to Paris and London in 1869-70, and took part in the Carlist conference in Switzerland in
April, 1870. He took the initiative in the formation in Paris of a Central Congress of the Carlist party. In 1860 he wrote the treatise "El Papa y Napoleón," and later four
others: "Los tres Orleans" (1869), "El Rey de España" (1869), "La cuestión dinástica (1869), and
"Restauración" (1872), leaving unpublished "El libro del pueblo." In February or March of 1870 he had an audience with Pius IX, who bestowed on him many marks of special
favour. In 1871 he was elected senator from Guipuzcoa. He was also made a member of the Royal Spanish
Academy, but did not live to take his seat. The works of Aparisi were published in Madrid during the years 1873 to 1877, in five
volumes, containing his biography as well as poems, discourses, political and
academic, articles and treatises, and many forensic writings and speeches.
The Catholic Encyclopedia, Volume I
Copyright © 1907 by Robert Appleton Company
Online Edition Copyright © 1999 by Kevin Knight
Nihil Obstat, March 1, 1907. Remy Lafort, S.T.D., Censor
Imprimatur. +John Cardinal Farley, Archbishop of New York..........

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