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Si una palabra marca la trayectoria de Antonio Cánovas del Castillo, uno de los pocos estadistas dignos de ese nombre y el único afortunado del tempestuoso y conmovedor siglo XIX español, es continuidad. Los que presentan la Restauración de 1874, obra del gran político malagueño, como algo providencial, sin relación con el pasado reciente y nacida de una genial intuición acerca de las leyes profundas de la historia patria, o no conocen nuestra historia, o no saben quién fue Cánovas. Su mérito fue el de resumir la historia del liberalismo español, tanto en lo doctrinal como en lo político y lo administrativo. Si triunfó donde otros fracasaron fue porque supo amoldar las grandes ideas al barro humilde con que se fabrica la Historia. Lo personal tiene mucha importancia en Cánovas, malagueño de 1828, porque nada en lo social -ni familia ni fortuna- le ayudó en su carrera política y tampoco la hizo en las dos grandes instituciones populares: la Iglesia y el Ejército. Su padre era un maestro de Orihuela avencidado en Málaga, tan listo como laborioso, del que cánovas tomó nombre y fisionomía. Don Antonio lo dejó huérfano, con solo 15 años, pero le había dejado también ya una excelente formación en Contabilidad, por si el Comercio, y en Matemáticas, por si la Agricultura. Resultó finalmente arquitecto, pero del edificio social español, no carente de adoquines. Su madre, doña Juana, que debió vender sus pocas tierras para atender a la prole huérfana y a una hermana loca, le dio también algo de valor limitado pero incalculable: una recomendación para su primo Serafín Estébanez Calderón, célebre escritor costumbrista con el pseudónimo de el Solitario, político de éxito y hombre de bastante genio, aunque no tanto como el sobrino que le llegó de Málaga. Una fiera era Antoñito desde niño, dispuesto a pegarse con el Lucero del Alba. Estébanez y su sobrino se llevaron siempre fatal. Pero, a fuer de sinceros, ayudó más el viejo al joven que al revés. Por el conoció Cánovas a los que habían de ser su verdadera familia política: los <<Puritanos>> de Joaquín Francisco Pacheco, Nicomedes Pastor Díaz, Istúriz y Ríos Rosas, que eran lo más decente, inteligente y centrista del Partido Moderado. En ese grupo antipretoriano y partidario de la alternancia pacífica en el Poder con los progresistas, echó políticamente los dientes el joven Cánovas y por él participó de una idea de España que sólo veinte años después, cuando aquellos hombres eminentes habían muerto o quemado sus vidas en el intento, pudo él poner en pie. Su mérito pues, no fue inventarla sino saberla continuar. Como casi todos los liberales de su tiempo, fue poeta más bien prosaico y periodista peleón, hasta duelista. Su novela que la tuvo, se tituló la "Campana de Huesca". Menos dramática literariamente resultó su dedicación a la Historia, centrada al principio en la época de los Austrias menores y la decadencia imperial, extendida luego a todo lo relativo a nuestra presencia en Italia, que estudió bien durante los dos años que pasó allí, y luego a infinidad de asuntos: los moriscos, los vascos, los mudéjares, los extremeños de Isabel la Católica, Gil de Albornoz y un largo etcétera. Si le gustaría la Historia que hasta amenazó con dejar por ella la política. Eso sí : nadie le creyó. El de Cánovas es un caso perfecto de cómo llegar al poder con ideas propias pero con impagable experiencia previa en todos los ámbitos de la Administración. Empezó en 1854 tras la Vicalvarada de O'Donnell, para el que redactó el Manifiesto del Manzanares, como auditor de Guerra, pasó en seguida a tercer y luego a segundo secretario de Estado, el 55 lo vio como encargado de Negocios en plena Desamortización de Madoz y tras romperse las relaciones con Roma, acudir a la grave Comisión de Preces. Al volver, en el 57, fue nombrado Gobernador de Cádiz; en el 58, director general de Administración y en el 60, subsecretario de Gobernación, con Posada Herrera. Cuando 4 años más tarde, en el gobierno de Alejandro Mon, fue ministro de Gobernación, todos decían que mandaba más que el Presidente. Por eso le debió de hacer O'Donnell al año siguiente ministro de Ultramar. Aún fue ministro interino de Hacienda, antes de hundirse la Unión Liberal, de la que fue puntal robustísimo y con la que obtuvo semejante cosecha de cargos. Nadie pudo decir al llegar del todo al poder en 1874 que no tenía experiencia. Siendo subsecretario se casó por primera vez con una jumillana, doña Concha Solar Espinosa de los Monteros, que le vivió 5 años. Doce años tardó en volver a casarse, cerca de la sesentena, con una mujer hosca y rica, doña Joaquina de Osma, que le hizo cambiar su casa de Fuencarral, por un palacete en la calle del General Serrano - al que Cánovas había echado del poder - y situado en el terreno de la actual Embajada de los Estados Unidos, otra mortificación para el 98. Aunque feo, estrábico y desaliñado, tuvo siempre mucho éxito con las grandes damas, entre la que destaca la culta marquesa de Vilches, bellísima ninfómana, cuyo retrato en azul es el óleo más hermoso del Romanticismo. Tras la efímera monarquía de Amadeo y la disparatada I República, Cánovas fraguó la conspiración alfonsina entre dos mujeres: la preciosa Sofía Truberzkoi, duquesa de Sesto, alma de la intriga aristocrática, y la Reina Isabel II, que no podía verlo ni en pintura. Aunque abdicó en 1870, hasta 1873 no le confió formalmente la dirección del proyecto alfonsino. Temía Cánovas que se adelantase un espadón y así lo hizo Martínez Campos sin fuerzas suficientes en Sagunto, pero Serrano se resignó y Cánovas aceptó un ministerio-regencia para preparar la vuelta de la monarquía con Alfonso XII. Es imposible resumir en unas líneas la trayectoria de la Restauración, pero entre las luces del período dominado por Cánovas hay que destacar la definitiva derrota carlista, La Paz de Zanjón en Cuba, La Promulgación de la Constitución de 1876, que duro medio siglo, y, sobre todo la alternancia pacífica en el poder, que duró hasta 1923. Cánovas superó momentos tan graves como la muerte de Alfonso XII, rebeliones y atentados anarquistas, epidemias, guerras coloniales, un golpe republicano y otras calamidades. Casi un cuarto de siglo, de 1874 a 1897, dominó la escena política y garantizó normalidad, paz, y un aburrimiento - los "años bobos" - tan cierto como reparador para aquella España que padecía desde 1808 el baile de San Vito. En esos años lo fue todo pero quizá el mejor elogio que puede hacérsele es que su rival Sagasta fue mas veces presidente que él. Acostumbró a la nación a la continuidad institucional y eso era un milagro casi imposible en 1874. Fue Cánovas quién firmó en 1880 la abolición de la Esclavitud, no aceptó el proyecto de autonomía Cubana de Maura en 1894, y se empeñó en una guerra, favorecida por la obscura financiación azucarera de los partidos, que estaba abocada al Desastre del 98. Cánovas, cuya soberbia inteligencia y fondo honrado reconocían todos, "le gustaba rodearse de pillos" como decía Silvela al denunciar las corruptelas del ayuntamiento madrileño. Su gran error fue utilizar a Romero Robledo, "El pollo de Antequera", para amañar los resultados electorales consagrando un caciquismo que falseaba la democracia. Sus asignaturas pendientes fueron superar el caciquismo español y dignificar los procesos electorales, luchando en contra de los "Sucios" del sistema por el creado. Errores y aciertos fueron un poco de todos. En fin la represión de los anarquistas violentos, aunque común en Europa, fue cruel y la pagó cara: bajo las balas de uno de ellos, Angiolillo, murió en el balneario de Santa Águeda, el 8 de Agosto de 1897. Ese día, la historia de España se detuvo, pensó en el legado de Cánovas y, como él hubiera querido, continuó.
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©Federico Jiménez Losantos
- 1999
LOS NUESTROS.
Cien vidas en
la Historia de España